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Camilo, el milonguero

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Ese es el tango – Estela Bartoli

Recuerdo a Camilo

Sí, muchísimas veces lo recuerdo cuando estoy bailando. Será porque fue uno de los primeros que admiré tanto, pero tanto. Será porque nos daba consejos, a los nuevos, a las nuevas. Y nos ayudaba.

– Camilo, si tenés un minuto, cuando puedas ¿bailás un tango conmigo?  – Era una audacia, porque él era uno de los buenos, de los grandes. De esos que tenían el carné de vitalicios de la milonga. Y yo, como se dice, “una pichi”, una que recién empieza y se toma el atrevimiento de pedirle a él, al milonguero.

Camilo no podía disimular su orgullo cuando “las chicas nuevas” (a él todas las mujeres le parecían chicas) le pedíamos que bailara con nosotras. Nos ayudaba ¡y cómo!

Recuerdo mis nervios, el temblor de todo el cuerpo cuando bailaba con él. No quería hacer papelones y claro, los hacía. Lo pisaba, me equivocaba cada dos pasos.

Camilo tan alto, ojos saltones y muy erguido, se sonreía y me hacía una caricia en la espalda, casi a la altura del cuello, allí donde su mano pretendía vanamente que yo me dejara “llevar”.

Era inútil, él tranquilo, yo tensa como una tabla de madera. A veces se me hacía un nudo en la garganta de pura bronca, por sentir tanta torpeza, porque no me salía ningún paso, y mucho menos la elegancia y todo eso que decían los entendidos. Eran momentos en los que estaba a punto de llorar.

Él se daba cuenta. Entonces paraba todo y me decía:

– Hay días en que los duendes no bajan ¿sabés? Entonces uno baila sin alma, y nada sale bien. No te preocupes, ya van a bajar..

Otros días, en cambio, todo era risas.  – ¿Cómo andás Camilo?

– ¡Fantástico! –  decía – ¡hoy me bajaron los duendes! –  Y bailaba como el mejor. Y me contagiaba su pasión, su confianza y esa extrema felicidad.

Yo aprendía, gracias a él, a mi tesón, y a otros tantos varones que se aguantaban a la novata, de puro buenazos, de puro gauchitos.

– Vos acariciá el piso, que el piso te va a devolver la caricia.. – , decía Camilo, como si fuera lo más común, como si no se le estuviera desgranando poesía de la más linda, por todos lados. A él le salía eso del alma como si le asomara un pañuelo de los bolsillos.

– ¿Cómo es acariciar el piso?

– Es así, bailando despacito, sin saltar como hacés vos, sin pisar fuerte ¡no hay que bailar como pisando huevos! Tenés que ir ¿cómo te diría? ¿anduviste en patines? ¡Bueno así, como si fueras patinando!..

Camilo se esforzaba, trataba de encontrar ejemplos y de pasarnos su entusiasmo.

– Deslizate, mujer, ¡estirá esas piernas! Mirá que el tango es una esperanza, una emoción ¡no pongas esa cara de tragedia!
A veces se enojaba con los bailarines que no respetaban la ronda. – ¡A ver quién les enseña a estos troncos, che!.. – , gritaba. Camilo rezongón.

Al final se cansaba y se agitaba. Estaba viejo y, después supe, bastante enfermo. ¡Pero qué importaba!

– ¡Mirá si el médico me va a decir a mí donde me tengo que morir! ¡Yo me quiero morir acá, bailando!  – decía risueño, desafiante.

Se quedaba sentado un buen rato, reponiendo fuerzas, tomando algo, siempre mirando los pies de los que bailaban.

– Hay que saber apreciar lo bueno y decirlo, no hay que guardarse los piropos –  ,declaraba, como si enseñara.
Y entonces:  – ¡Che pibe! ¡A vos te hablo, al de los vaqueros!, seguí adelante pendejo, pero tratá de hacer más pausas. Vas a bailar un montón vos.

– Gracias, maestro – , decía el varón del vaquero, que no era ningún pendejo, casi tocado por una varita mágica, revuelto de sentimientos indescriptibles, tratando de ahogar el grito de alegría que hubiera pegado. ¡Camilo lo había elogiado!

Así era él. Un ejemplar especial de milonguero que disfrutaba si los más jóvenes bailaban bien. Así el tango va a estar en buenas manos, musitaba, como si preparara su despedida.

Un día vimos llegar a Camilo con un espléndido traje gris, todo peinado para atrás, a la gomina, muy del tiempo de antes. Venía serio, muy enhiesto en su metro noventa, y pasó por delante sin mirarnos. Atinamos a decir: – ¡Hola Ca…!

Y ya nadie dijo “milo”, porque vimos que a su lado llegaba ella, LA MUJER, o tal vez LA NOVIA o ¿quién sabía? LA ESPOSA.

Se sentó en su lugar de siempre, todo duro y circunspecto, al lado de la bella señora mayor y elegante que lo acompañaba. Camilo se comportó como si no conociera a nadie en toda la noche. Serio, decoroso y prudente, bailó solo con su compañera.

Ni siquiera un guiño, ni una mirada de complicidad, mucho menos una presentación. Después del desconcierto, otros amigos nos explicaron: Camilo no le decía a su mujer que venía a bailar, lo hacía “escapado” como se suele decir. Teníamos que entender y no mirarlo.

Así que había más cosas para aprender que los pasos de baile. Los Camilos de la milonga podían ser muchos y las Camilas también. Todos aconsejaban discreción y conveniente silencio. En el fondo me causaba una inmensa gracia esa picardía, esa mentirilla casi inocente.

Lamenté íntimamente perderlo para mis ensayos de principiante pero me gustó verlo bailar con su compañera, una bailarina de primer nivel. No me explicaba cómo ella podía jugar tanto con sus pequeños pies en cada espera que él proponía.

Una semana cualquiera, tiempo después, Camilo volvió a aparecer solo, de nuevo jovial y gracioso, sin gomina y sin novia. –  ¿Qué te pasó Camilo?
– Y, el tango te junta y el tango te separa – , dijo sentenciosamente, y ya no nos atrevimos a preguntarle nada. Solo volvimos a tener la fiesta y la alegría de contarlo entre todos.

Yo había progresado mucho y ya lograba bailar aceptablemente.

– Estás bailando muy bien..- , dijo Camilo – pero todavía estás pendiente del que dirán. Ya podrías ignorarlos y tener más presencia, tenés que poner el alma, bailar como diciendo ¡AQUÍ ESTOY YO! ¿No te das cuenta que sos la dueña de tu baile?

Camilo era un poeta, un lírico trovador, y no lo sabía.

Le hice caso, claro que sí. Y ahora, que ya no está entre nosotros, ahora que se cumplió su despedida, lo recuerdo y trato de estar a la altura de su bellísimo legado.

Si pudieras vernos, y si pudieras ver a los que nos siguen, Camilo, juglar del tango, estarías orgulloso, porque hiciste escuela: la muchachada baila cada vez mejor.
Lo conseguiste, el tango está en buenas manos.

Cuento publicado en el libro Secretos de una Milonguera de Graciela H. Lopez

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