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Varón pa´quererte mucho

Entró al salón tarde, como de costumbre, después de tomarse un café en la esquina con Pedro, hasta la una.  – ¿Qué pasa? ¿no vas a entrar? – , dijo cuando vio que el otro se despedía en la puerta.

– No hermano, estoy cansado y me levanto temprano, chau ..

Se quedó parado en la entrada, también como de costumbre. Le gustaba “junar” el ambiente antes de sentarse.

Obra al acrílico de Fabián Perez, pintor ArgentinoLa vio y no la reconoció. Creyó que era otra. Miró de nuevo, ya oculto entre el cortinado azul de la entrada, confundido, loco y encrespado al mismo tiempo. Que no se me mueva un músculo, pensó, Dios mío, que nadie se dé cuenta.

Ella pasó bailando, los ojos un poco cerrados, linda. No, ¡calmate infeliz! Son cosas tuyas, no es. ¿Es? ¿Es ella?, no, no… Miró de nuevo. La ronda de bailarines seguía su curso, ahora había otros delante de él. Ella se perdió en medio de los demás. Refrenó un impulso loco de correr por el costado de la pista, alrededor de las mesas, para verla. Quedó pegado al piso, sin poder moverse. Entraron algunas personas, todos conocidos. Qué joda hermano, si alguien se da cuenta, me muero, pensó.

Terminó el tango, empezó otro, la divisó otra vez, en medio de la ronda. ¡Es ella, por Dios! No, si yo algo me palpitaba pero esto nunca...
Pensamientos encontrados, dolor de estómago. Quería tomarse un whisky como siempre, sentarse en su mesa como siempre, bailar, y que esta maldita estuviera en casa, donde tenía que estar ¡como siempre! La voy a reventar, va a saber quien soy.

Que linda que está, pensó con ternura, baila bastante bien. Se odió por esos pensamientos blandos que se le infiltraban en el alma. ¿De dónde habrá sacado esa ropa?
Terminó la tanda, la gente fue a sentarse. ¿A ver qué hace ahora esta degenerada? La degenerada se sentó con una amiga que él reconoció vagamente. Tenía delante un pocillito de café y charlaba muy animada

El se imaginó yendo hacia la mesa, sereno, dándole dos cuchilladas en el pecho y saliendo, derecho, erguido, impávido. Sacudió la cabeza, tuvo un escalofrío. La degenerada se quedó sin bailar un ratito.
Cuando volvió a salir con ese canoso alto que la apretaba, le pareció que le ponían un hierro caliente en el estómago. Estaba ardiendo de celos, de odio y de úlcera, todo junto.

¡Con razón la muy turra no me hacía más escenas, con razón silbaba un tango el otro día, con razón se cortó el pelo! Soy un boludo.

Casi dos horas espiando, casi dos horas parado detrás de la cortina, fingiendo delante de Tito el acomodador, diciendo –  hoy no me quedo, está feo..

Casi dos horas estudiando la conducta de ella, cada gesto, viéndola en brazos de otros hombres, uno y otro y otro. Si la pesco en un renuncio, ahí si que la reviento, pensó, casi sin querer. ¡Pucha qué jodido es esto!

Capaz que Pedro ya sabía y por eso no quiso entrar. Pero no puede ser, si ni la conoce. Por un segundo pensó en Pedro tratando de levantársela como hacía con tantas. Sacudió con más fuerza la cabeza. Otro escalofrío.

De golpe la vio mirar el reloj otra vez, ponerse el abrigo y salir con la amiga. Se ocultó aun más. Ella pasó, rumbo a la calle, a veinte centímetros de su escondite.
Después de la taquicardia, la turbulencia, el torbellino, llegó la paz. De pronto, y como un milagro, se calmó. Salió a la calle. Caminó despacio varias cuadras heladas y tristes. Estaba conmovido, celoso, intrigado.

Se le apareció un tanguito en la memoria:

“Varón, pa’quererte mucho
varón, pa’ desearte el bien
varón, pa’ olvidar agravios
porque ya te perdoné”

Calculó el tiempo para llegar bastante después que ella. La encontró como siempre, blanda, tibia, dormida. Buscó rastros en el cuarto, debajo de la cama, en el baño. No encontró nada. Estoy loco, pensó.

Estaba desconcertado. Había dos posibilidades. O bien ella no había estado en el baile y él, mente febril, se confundió y se imaginó todo… o bien… la segunda lo aterró… esta mina lo madrugaba tan justo, mentía tan lindo, que él ni se daba cuenta.

Fue a prepararse un whisky porque ni pensar en dormir, estaba demasiado alterado. Miraba toda la casa con ojos sospechosos y a cada rato se encontraba con los inocentes objetos de siempre. Fue al living, levantó los almohadones de los sillones, revisó los cajones del modular, el revistero. Desalentado, decidió leer el diario en el sillón hasta que le viniera sueño. Buscó hielo para el whisky y no encontró. Con fastidio, cerró la heladera de un portazo y con el golpe tiró la panera que había arriba.

Con un mal humor terrible empezó a levantar todo, cuando de pronto, vio una llavecita entre el pan y las galletitas que no tenía nada que hacer ahí. Siempre el mismo desorden, pensó, pero la llave no le resultó conocida. ¿De dónde será esta llave tan chiquita? Como en un ataque de inspiración fue hasta el lavadero, un lugar que prácticamente él no pisaba. Había un montón de ropa colgada, pasó por debajo, miró el gran armario de la pared, los estantes, la aspiradora, la tabla de planchar, zapatos viejos, herramientas en el otro costado. ¿Qué estoy haciendo? Soy un reverendo pelotudo, eso soy.

Sin poder impedir el sentimiento de ser un ridículo, fue abriendo, una por una, las puertas del gran armario de pared. Lo saludaron tachos de pintura, latas de cera, de solvente, pomadas, herramientas, – ¡qué barbaridad, qué desorden! -, dijo descargando su indignación con unos pobres cepillos.

Al abrir las puertas de abajo, llegó el hallazgo. Topó con una, la última de la izquierda, que no se abría. Forcejeó un poco, hasta que descubrió abajo de todo, muy discreta, la pequeña cerradura. Por supuesto metió sin problemas la llave con un sentimiento indescriptible de triunfo y desasosiego al mismo tiempo.

Eran las cinco de la mañana. Sintió que birlaba un mundo íntimo, pero era irremediable, estaba totalmente atraído. Sentado en el suelo, miró todo, como atravesado por un rayo de magia.
Vio los zapatos de tango de taco alto, la blusita dorada que le había visto puesta, una caja con maquillaje y otra más atrás con medias negras. Vio dos cofrecitos cerrados que no se animó a abrir y en el fondo del estante más ropa, doblada, nueva, impecable. No tocó nada, absolutamente nada.

Quedó un rato ahí mirando, tratando de pensar, de imaginar, con una especie de euforia en el alma. Le molestaba su imparable fascinación y más todavía le molestaba comprobar que no estaba enojado. Peor aun, ¡estaba excitado! ¿Qué soy yo, un mequetrefe? La tendría que matar.

Cerró con cuidado, se levantó, puso la llave en la panera, arriba de la heladera. Lavó el vaso de whisky y lo guardó, todo sin hacer ruido. Avergonzado, pasó de perseguidor a sentirse perseguido. De detective a ladrón que borra sus huellas.

No se me va a mover un músculo, ya lo dije y ni pienso mover un pelo por esto. Ahora es ella la que está en mis manos.¡Yo soy el que decide!, se dijo, entre vengativo y patético.
Se acostó haciendo ruido. No aguantó más y la tomó con fuerza, la besó en el cuello, los ojos, la boca. Ella lo fue aceptando, primero lenta, débilmente, después con inusitada pasión. Respondió con vehemencia a ese hombre nuevo, loco, amante increíble que le declaraba su amor como nunca lo había hecho.

El se sintió pleno, el mejor, el más buen mozo, el más viril, el más hombre entre todos, deseado y buscado por esa hembra, esa mina sensual, esa mujer soñada, casi una aparición en su vida.

Con un poco de vergüenza al principio, después se creyó un tramposo afortunado y feliz.
Dichoso, distinto y enamorado, fue disfrutando cada semana del encuentro romántico que al fin y al cabo el tango le regaló.

Eso sí, teniendo siempre la precaución de llegar a casa… después que ella.

 

Cuento publicado en el libro Secretos de una Milonguera de Graciela H. Lopez

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