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Bailarín compadrito

 

tango-arrabal“Bailariiiiiiín compadriiiiiito, que quisiste probar otra vida”

Yo tenía siete, ocho años, y escuchaba cantar al “inquilino del fondo” como lo llamaba mamá.
Efectivamente, era un cantor de tangos, que vivía en un departamento de esos que la gente edificaba detrás de su casita, para alquilarlo y ganarse unos mangos.

Así pensaba mi padre, en aquellos años, y se dedicó a invadirnos la infancia y el terreno de casa con ladrillos, cemento y albañiles que fueron levantando uno a uno, lenta y trabajosamente, por meses, por años, cuatro departamentos.
Nosotros, los dueños, vivíamos adelante. Ellos, los inquilinos, compartían un pasillo un poco descascarado, de mosaicos gastados, al que se asomaban esas cuatro puertas y sus vidas que eran toda mi intriga.

Tenía terminantemente prohibido, recorrer ese pasillo y no debía molestar a los vecinos haciendo ruido, ni pasear por allí con mi autito de juguete ni mucho menos…

– Escuchá hija, muy bien lo que te digo, jamás tenés que entrar a ninguna de esas casas, ni aunque te ofrezcan un caramelo o te digan te doy galletitas ¿entendiste?

– ¿Por qué má? quiero ver al señor que canta. ¿sabés que canta delante de un espejo?

– ¿Y vos cómo sabés eso, mocosa? ¡te prohíbo! ¡cuidadito!

Mamá seguía y en su cara de alarma yo atisbaba un misterio y un secreto cada vez más interesante.

– ¡Un cantor de tangos! Y para colmo ensaya con micrófono a la hora de la siesta. Pero no podemos decirle nada, andá a saber quién es. Cuando tratamos con él dijo que era casado y vivía con la familia, pero ahora está solo, y dicen…

Mamá y tía Rosa bajaban la voz y empezaba el cuchicheo que no teníamos que escuchar los chicos.
Mi fascinación crecía, y cuando en esas tardes muy calientes de verano, hamaca y pies descalzos lo escuchaba, mi corazón aleteaba y toda yo me ponía como alegre, como con ganas de otra cosa.

“Bailarín compadrito, que quisiste probar otra vida”, cantaba el señor, y probar otra vida se me antojaba algo maravilloso, muy lejos del barrio y la calle de casitas todas parecidas, con jardín adelante y geranios rosas. La canción explicaba que el bailarín iba del barrio al centro y el señor cantaba: “al lucir tu famoooosa corriiiiida, te viniste al Maipú.”

Se llamaba Juan Carlos, era morocho y se peinaba con gomina, todo para atrás, como no podía ser de otra manera. Pero en aquellos años, fue sin saberlo, el primer hombre a quien escuché hablar de amor, al que vi charlar con una vecina en forma pícara y llena de deseo, el que cantando me enseñó que el mundo no terminaba en el colegio ni en esa vereda.
El mundo podía estar lleno de cosas extraordinarias y para encontrarlas, seguramente era cuestión de cantar y bailar el tango. Bendito sea.

Cuento publicado en el libro Secretos de una Milonguera de Graciela H. Lopez

comentarios (3)

  • Patricia

    Me encanto el cuento Graciela por un momento me crei ser yo la niña.besoss

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  • Alicia Fernandez Iglesias via Facebook

    No estoy de acuerdo con ésto ” y lo peor”. En mi casa mi madre cantaba todo el día y aprendí con ella la letra de los tangos y quienes cantaban y quienes eran las orquestas y estoy encantada con ello.Era una época, ahora será distinto , pero no fue mala para nada.Para mi es un recuerdo muy lindo

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  • Alicia

    Hermoso cuento!!!

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